Tengo once meses. Eso, según Linda, lo explica casi todo sobre mí, y en el tema de la correa tenía toda la razón.
Cada mañana pasaba lo mismo. Salíamos por la puerta, el sol todavía bajo, el aire lleno de olores nuevos que la noche había dejado por todas partes — un gato que pasó, una bolsa de pan en un porche, algo que no identifico pero que necesito oler ya — y yo tiraba. No lo pensaba, no lo decidía, simplemente el cuerpo entero salía disparado hacia el olor antes de que el resto de mí se enterara. Mi humano iba detrás, medio a rastras, con el brazo estirado como si yo tirara de él y no al revés, que en realidad era exactamente lo que pasaba.
Hubo una mañana en la que casi sale volando de verdad. Un pájaro cruzó bajo, yo salté hacia adelante con todo lo que tenía, y mi humano dio dos pasos en el aire antes de tocar el suelo otra vez. Se quedó parado un momento, mirándome, con esa cara que no era de enfado sino de "esto no puede seguir así".

Dos toques en la puerta. Nadie más llama así. Mike, con una caja bajo el brazo, charlando un rato como siempre mientras yo recibía mi ración de mimos de siempre. Cuando se fue, mi humano abrió la caja ahí mismo, en el porche.
Dentro había dos arneses acolchados: uno azul celeste, para mí, y uno rosa, para Linda — porque claro que a ella le tocaba el rosa, con lo bien que le queda todo. Lo olisqueé con desconfianza, como hago con cualquier cosa nueva. Pero en cuanto me lo pusieron para el paseo de la tarde, algo cambió.

Seguí tirando, para qué te voy a mentir — sigo siendo yo, y hay olores que no pueden esperar. Pero el tirón ya no se sentía igual. Había algo en las correas de atrás que absorbía el golpe, como si el arnés dijera "vale, tira, pero sin hacerle daño a nadie". Mi humano dejó de ir a rastras. Yo dejé de sentir que me ahogaba a mitad de carrera. Y Linda, con el suyo puesto en su talla exacta, paseaba con la misma elegancia de siempre, como si llevara ese arnés rosa desde que nació.

Sigo aprendiendo modales de paseo. Eso no lo arregla ningún arnés, según Linda, eso solo lo arregla el tiempo. Pero desde que llegó el FreeWalk, los tres volvemos enteros a casa — mi humano sin el brazo dolorido, y yo sin esa sensación de ahogo cada vez que algo me llama la atención, que sigue siendo prácticamente todo.
— Máx 🐾