Hay un momento exacto en el que la casa se queda demasiado silenciosa. No es cuando la puerta se cierra — eso lo soporto bien, incluso les digo adiós con la cola sin demasiado drama. Es un rato después, cuando ya olfateé cada rincón, ya bebí agua sin tener sed solo por hacer algo, y me doy cuenta de que toda esa energía que traigo de fábrica no tiene a dónde ir.
Antes de que llegara mi compañero de juegos nuevo, ese momento terminaba siempre igual: un cojín menos, una zapatilla con menos suela de la que empezó el día, o el borde de una alfombra que de repente me parecía lo más interesante del mundo. No era maldad. Era solo que el cuerpo me pedía hacer algo, y lo primero que encontraba a mano se llevaba las consecuencias.
Sonó el timbre un jueves, dos golpes secos. Mike, con una caja bajo el brazo y las galletas de siempre escondidas en el bolsillo. Se quedó charlando un rato con mi humano, me tocó mi ración de mimos detrás de las orejas, y se fue. Cuando abrimos la caja, dentro había una torrecita verde con una ranura rara. No entendí para qué servía hasta que la encendimos.

No entendí nada la primera vez. Mi humano se sentó a mi lado, apretó algo con la mano, y una pelota salió disparada de la ranura. Yo la miré más a ella que a la pelota, sin saber muy bien qué se suponía que tenía que hacer con toda esa información. Fui a buscarla porque rodaba, no porque entendiera el juego, y cuando volví con ella en la boca, no tenía ni idea de dónde devolverla.
Nos llevó tres tardes enteras. La primera, me limité a olisquear la torrecita y a mirarla como quien mira algo que podría morder pero prefiere no arriesgarse. La segunda, entendí que la pelota salía por la ranura de abajo, pero no tenía ni idea de qué hacer con ella después — la dejaba caer a mis pies, orgulloso, y esperaba a que pasara algo, que por supuesto no pasaba. La tercera tarde, mi humano me levantó con cuidado las patas delanteras y las apoyó en el borde de la torrecita, guiando mi hocico hasta la abertura de arriba, la de recargar, no la de abajo, por la que sale disparada la pelota. Solté la pelota ahí dentro sin mucha fe, casi por probar. Tres segundos después salió disparada otra vez por abajo, como si la máquina me devolviera el favor. Ahí hice clic yo también: no era un objeto que lanzaba pelotas sin más. Era un compañero de juegos con sus propias reglas, y yo ya sabía jugar con él.

Linda se apuntó también, a su manera. Ella no corre detrás de la pelota como yo — se dedica a recogerla y devolverla a la máquina con una elegancia que a mí se me escapa por completo, encantada con lo que ella llama su "trabajo de recepcionista". Yo, tumbado a su lado recuperando el aliento, no tengo ninguna queja del reparto de tareas.

Ahora, cuando mis humanos se van, ya no cuento los minutos mirando fijamente la puerta. Tengo algo que hacer: perseguir pelotas a solas, las que hagan falta, hasta que se me acaben las ganas de correr. La casa sigue en silencio un rato, pero ya no es un silencio que me pese, ni uno que le cueste un cojín a nadie.
Si tu perro también se aburre de una forma que termina costándole un cojín a la casa, en la tienda tenemos el FetchMatic — el compañero de juegos que no se cansa nunca.
— Máx 🐾