Desde que conocí al Profesor Hoot no puedo pasar junto al Roble Milenario sin mirar hacia arriba, por si acaso. Nunca está a la vista de día — según él, duerme mientras el pueblo está despierto, cosa que a mí me parece un desperdicio enorme de mañanas — pero desde entonces el bosque que empieza justo detrás del roble se ha vuelto un sitio distinto para mí. Antes era solo "lo de detrás del jardín". Ahora es un sitio con cosas dentro que todavía no conozco.
Así que esta tarde, con el sol entrando entre las copas de los árboles en líneas doradas y gruesas, como si el bosque tuviera su propia forma de decorar, seguí caminando más allá del roble de lo que suelo hacer. Nuez me vio pasar y no dijo nada, solo me siguió con la mirada desde su rama, con esa cara suya que normalmente significa "no es asunto mío lo que hagas, pero lo voy a comentar luego de todas formas".

No tuve que ir muy lejos. A los pocos pasos, entre dos helechos grandes, había algo alto y delgado, de color marrón claro, con patas larguísimas y finas que no parecían hechas para correr pero que probablemente corrían mejor que las mías. No olía a nada que yo conociera. No se asustó al verme, cosa rara, porque casi todo lo que no conozco sale corriendo antes de que llegue a saludar. Solo me miró, masticando algo despacio, con unos ojos oscuros y tranquilos que parecían haberme visto llegar desde mucho antes de que yo la viera a ella.
—Tú debes de ser el cachorro nuevo —dijo, sin dejar de masticar—. Me llaman Willow. Llevo aquí más tiempo del que llevas tú en el pueblo entero.
Antes de que se me ocurriera qué contestar, algo pequeño y rojizo salió de entre unos matorrales dando una vuelta completa en el aire, como si hubiera estado esperando toda la tarde una excusa para hacer exactamente eso. Olía a tierra removida y a algo que no supe nombrar, un olor fuerte y un poco travieso. Aterrizó a mi lado con una sonrisa que me pareció demasiado ancha para ser inocente del todo.
—Y yo soy Timber —dijo, antes de que Willow pudiera presentarlo con más calma—. ¿Has venido a jugar o a mirar? Porque aquí se puede hacer las dos cosas, aunque a Willow le guste más lo segundo.

Jugamos hasta que se me acabaron las ganas de correr, que en mí tarda bastante en llegar. Timber resultó ser de los que roban cosas solo para ver la cara que pones cuando te das cuenta, y Willow de las que se quedan mirando desde una distancia prudente, divertida sin necesidad de participar. Entre los dos me enseñaron rincones del bosque que no sabía que existían, aunque Timber insistió varias veces en que no le contara a nadie exactamente dónde estaban.
Cuando volví a casa, se lo conté todo a Nuez, emocionado, sin guardarme ni un detalle. Ella dejó de partir la bellota que tenía entre las patas a media frase.
—¿Timber? —repitió, con una voz que no le había oído nunca, ni siquiera cuando le tiro del rabo sin querer—. Ese zorro lleva años desenterrando mis escondites. Encuentra uno, se lo lleva todo, y encima deja el hueco abierto para que cualquiera vea que ahí había algo. Y Willow, con lo dulce que parece, se pasea por encima de mis bellotas enterradas sin mirar dónde pisa, como si el suelo entero fuera suyo para pastar.

No supe qué decir. Para mí, Timber y Willow habían sido la tarde más divertida que recuerdo en mucho tiempo. Para Nuez, eran dos años de bellotas perdidas y agujeros vacíos donde antes había un tesoro.
Quizás el bosque no es un solo sitio, sino tantos sitios distintos como animales lo miran. El mío tiene helechos, una amiga de patas largas y un ladrón con demasiado encanto. El de Nuez tiene agujeros vacíos y motivos de sobra para no querer ni oír sus nombres. Puede que los dos tengamos razón.
— Máx 🐾
🐾 El sábado narra Linda: la mañana que decidió enseñarle a Peanut algo que solo ella sabía hacer.