Máx volvió esa noche oliendo a tierra húmeda, a hierba aplastada y a un rastro fino de plumas que se le había quedado pegado de tanto acercarse a mirar de cerca — un olor que tardé un momento en reconocer, porque hacía mucho que no lo notaba en él. Empujó la puerta trasera, que se había quedado entornada, con el hocico, despacio — cosa rara en él, que suele entrar como si la casa se fuera a acabar si tarda un segundo de más. No dijo nada al llegar. Se tumbó en su sitio de siempre y se durmió con esa rapidez que solo tienen los cachorros y la gente con la conciencia completamente tranquila.
Yo me quedé un rato despierta, mirándolo dormir con esa media sonrisa que ponen los perros cuando sueñan con algo bueno. Y sonreí yo también, aunque él no lo viera, porque llevo años sabiendo exactamente lo que hay en las ramas altas del Roble Milenario, y sabía que tarde o temprano esta noche iba a llegar.
A la mañana siguiente, con el sol ya alto y calentando el porche lo justo para tumbarse sin quemarse, Máx me contó todo con esa emoción suya que no cabe en un cuerpo tan pequeño para tantas cosas que decir. Empezó por el principio, como si yo necesitara el contexto completo: que no podía dormir, que el jardín olía distinto, que caminó hasta el roble sin saber muy bien por qué. Después la voz desde arriba. Después el animal de plumas que no olía como los demás pájaros, que giraba la cabeza de una forma que a él le pareció imposible. El nombre raro. La idea enorme que se le escapó detrás de una polilla antes de terminar de pensarla del todo.

Le dejé contarlo entero sin interrumpir, aunque cada detalle que soltaba yo ya lo conocía de memoria, palabra por palabra casi, como quien escucha una canción que ya se sabe pero deja que la canten igual porque hay alegría en oírla de nuevo por otra boca.
La primera vez que subí al roble de noche fue hace años, antes de que Máx llegara siquiera a esta casa. Yo era más joven entonces, aunque no mucho más sensata, y también salí una noche sin saber muy bien por qué, siguiendo ese mismo tirón que sintió Máx sin poder explicarlo. El Profesor ya vivía ahí, ya hablaba con esa calma que a mí también me costó entender al principio, ya decía eso de la noche y el mundo entero que pasa por debajo del que conocemos durante el día. Recuerdo quedarme mirándolo fijamente, sin saber si acercarme más o salir corriendo, hasta que dejé de temblar y me senté, sin más, a escuchar lo que tuviera que decir.
Sonrió, si es que un búho puede sonreír, y esperó.
No se lo dije a Máx. Ni una palabra de que yo también lo conocía, de que también me había dejado con esa sensación de idea enorme que no cabe del todo en la cabeza, de que a mí también se me escapó la primera vez detrás de algo — en mi caso no fue una polilla, fue un ratón que cruzó entre las raíces, y el resultado fue exactamente el mismo: la idea perdida, el Profesor observando con paciencia, y yo volviendo a casa con la sensación de haber tocado algo más grande que mi propia cabeza sin llegar a entenderlo del todo.

Sabía que esto iba a pasar, tarde o temprano. No hacía falta ser especialmente lista para saberlo — bastaba con conocer a Máx. Once meses de curiosidad sin frenos, de necesitar saber qué hay detrás de cada ruido nuevo, de cada sombra que se mueve donde no debería, tenían que llevarlo ahí una noche, igual que me llevaron a mí en su momento, igual que probablemente lleva a cada perro de este pueblo tarde o temprano, cada uno a su hora, cada uno con su propia polilla o su propio ratón esperando en el momento exacto en que más falta hace para romper la magia.
El Profesor tiene ese efecto en quien se acerca lo suficiente para escuchar. No sé si lo hace a propósito o si simplemente así es él, pero cada perro que sube esas raíces baja con una idea a medio masticar y las ganas de volver a subir.
Lo que tampoco le dije es que yo sigo subiendo, de vez en cuando, cuando el jardín se queda demasiado tranquilo y necesito recordar que hay alguien más despierto en el pueblo mientras todos duermen. El Profesor nunca pregunta por qué he tardado tanto en volver. Solo sigue ahí, con sus ideas grandes esperando pacientemente a que alguien se quede el tiempo suficiente para llevárselas enteras a casa, sin que ningún ratón ni ninguna polilla se interponga esta vez.

Quizás algún día le diga a Máx que ya conocía al Profesor desde antes de que él naciera casi. Por ahora prefiero dejarle creer que descubrió él solo algo que nadie más sabía, porque hay pocas cosas tan bonitas como la cara de un cachorro de once meses convencido de que ha encontrado un secreto entero para él solo. Ya tendrá tiempo de descubrir que este pueblo está lleno de secretos que todos fingimos no compartir, solo para que cada uno pueda sentir que el suyo es único.
— Linda 🐾
🐾 El jueves narra Máx: quién más vive en el bosque además del Profesor Hoot, y por qué Nuez no quiere ni oír hablar de ellos.