Nunca había estado despierto tan tarde. No de verdad. Las otras veces que abrí los ojos de noche fue solo un segundo, para darme la vuelta y volver a dormir. Esta vez no. Esta vez el jardín me llamaba de una forma distinta, y no supe decirle que no.
De noche el jardín no huele igual. Es el mismo césped, el mismo camino de siempre hasta el roble, pero todo llega más despacio y más fuerte a la vez, como si los olores durante el día tuvieran que hacer cola y de noche por fin les tocara salir todos juntos. Los grillos hacían un ruido que durante el día no existe. La luna dejaba todo con un color que no es ni de día ni del todo oscuro. Caminé hasta el Roble Milenario sin hacer ruido, cosa rara en mí, con las orejas más levantadas de lo normal y el hocico trabajando el triple de lo habitual.

Sabía que Nuez vivía ahí arriba, eso ya lo sabía. Lo que no sabía es que compartía el árbol con alguien más.
—No sueles andar por aquí a estas horas —dijo una voz desde una rama alta, sin sobresaltarse lo más mínimo, como si llevara toda la noche esperando que alguien pasara por debajo para decir exactamente eso.
Levanté la cabeza y ahí estaba: algo grande, con plumas, muy quieto, con los ojos tan abiertos que parecían no necesitar parpadear nunca. No sabía qué era. No olía a pájaro de los que conozco — los que se asustan y salen volando en cuanto me acerco —, ni se movía como ninguno de ellos. Se quedó mirándome fijo, girando la cabeza mucho más de lo que a mí me parece físicamente razonable, y esperó a que yo dijera algo. Como no dije nada, siguió él.

—Me llaman Profesor Hoot —dijo, con una calma que no había visto nunca en nadie del pueblo, ni siquiera en Linda en sus mejores días—. Y por esa cara que pones, diría que es la primera vez que ves a uno de los míos. Soy un búho, Máx. Vivimos aquí arriba, en las ramas altas, y hacemos de noche lo que vosotros hacéis de día: vivir, solo que con las luces cambiadas.
Me quedé sin saber muy bien qué hacer con esa información. Un animal que vive al revés que yo, en el mismo árbol de siempre, sin que nadie me lo hubiera contado nunca. Nuez tampoco me había dicho nada, aunque pensándolo bien, Nuez duerme de noche igual que yo, así que puede que ni se hubieran cruzado nunca.
—La noche no es el día con menos luz —siguió el Profesor, viendo que yo seguía ahí plantado, procesando—. Es otro mundo entero que pasa por debajo del que tú conoces. La mayoría de los perros solo ven la falta de sol. Tú has venido a mirar. Eso ya te distingue de la mayoría.
No entendí del todo lo que quiso decir, pero por un instante — un instante entero, que en mí ya es mucho — me quedé pensando en eso. En que quizás había cosas pasando todo el tiempo que yo nunca notaba porque siempre estoy ocupado en lo de siempre: correr, oler, comer, dormir, empezar otra vez. En que ahí arriba, cada noche, alguien está despierto viendo el pueblo dormir. Me pareció una idea enorme para tener yo solo, de pie, a esas horas.
Entonces una polilla pasó volando muy cerca de mi nariz.
Lo siento, Profesor Hoot. De verdad que lo intenté.
Salté detrás de la polilla dando vueltas por la base del árbol, tropezando con una raíz, recuperándome, siguiendo el vuelo torpe del bicho como si de eso dependiera mi vida entera. Para cuando volví a mirar hacia arriba, sin aliento y con la idea del Profesor ya casi perdida entre las hojas, él seguía ahí, observándome con lo que juraría que era paciencia, quizás hasta con algo de gracia.

—Vuelve cuando quieras —dijo, antes de que me fuera—. Las ideas también saben esperar. Y las polillas, por lo visto, no.
No sé si volveré a entender del todo lo que me dijo esta noche. Pero me quedo con dos cosas claras: que hay un búho viviendo en nuestro árbol, uno que se llama Profesor Hoot y que ve el pueblo entero mientras todos dormimos, y que por algún motivo, quiere que yo también aprenda a mirar. Un ratito. Hasta que llegue la próxima polilla.
— Máx 🐾
🐾 El martes narra Linda: lo que Máx no le contó sobre el Roble Milenario, y por qué ella ya sabía que tarde o temprano pasaría.