Capítulo 5 — Lo que se perdona con salchichas

Una vez al año, la plaza del pueblo deja de oler a lo de siempre. Esta noche huele a carbón, a masa frita, a cien conversaciones distintas mezcladas en el mismo aire templado. La feria de verano solo pasa una vez, y todo Seabreeze Bay se nota en las patas antes de llegar: se camina distinto, más rápido, con las orejas ya puestas en la música que se oye desde tres calles antes.

Llegamos cuando el cielo todavía no había decidido si era de día o de noche del todo, esa media hora en la que las luces de las casetas ya están encendidas pero todavía compiten con la luz que queda. Para cuando el sol terminó de irse, la plaza entera brillaba de otra manera: farolillos de colores, el escenario donde alguien afinaba una guitarra, y filas de casetas de madera con la comida que hace que cualquier perro del pueblo pierda la cabeza un poco.

La plaza del pueblo de noche durante la feria de verano, farolillos y casetas iluminadas

Entre todas las casetas, hay una a la que Rocco no se puede acercar. La de las salchichas. Y no es porque nadie se lo haya explicado alguna vez — todo el pueblo conoce la historia, se cuenta cada verano como si fuera nueva.

Fue hace dos ferias. Rocco tenía entonces la mitad de sentido común que tiene ahora, que ya es decir poco, y decidió que la cola de salchichas que colgaba del mostrador era, básicamente, un regalo del destino puesto a su altura. Saltó, la cogió entera, tiró el cubo de las servilletas, dos sillas y a un señor que llevaba un plato de patatas, y salió corriendo con media docena de salchichas colgando de la boca como un trofeo de guerra. Desde entonces, el dueño de la caseta lo reconoce de lejos y ya está sacudiendo la cabeza antes de que Rocco se acerque a menos de diez metros.

Este año, Rocco se quedó a distancia. Sentado junto al escenario, con esa cara de quien finge que no le interesa nada de lo que pasa a quince metros de él, mientras el olor a salchicha asada le llegaba de todas formas, porque el olfato no entiende de castigos.

Rocco el perro sentado junto al escenario de la feria, mirando de lejos la caseta de salchichas

Máx fue el que se dio cuenta primero. Siempre es Máx. Se acercó al mostrador, hizo su cara de cachorro más eficaz — la que reserva para ocasiones importantes —, consiguió una salchicha entera de propina, y en lugar de comérsela ahí mismo, cruzó toda la plaza con ella en la boca hasta donde estaba Rocco, sentado, fingiendo que no esperaba nada.

Máx compartiendo una salchicha con Rocco junto al escenario de la feria, de noche

No dijeron nada. No hacía falta. Rocco se comió la salchicha en dos bocados y por primera vez en dos ferias dejó de mirar hacia el mostrador con esa cara de disculpa a medias.

El dueño de la caseta lo vio todo desde lejos. No dijo nada tampoco. Pero cuando ya nos íbamos, al final de la noche, dejó caer — como quien no quiere la cosa — una salchicha entera al suelo, cerca de donde estaba Rocco, y miró para otro lado antes de que nadie pudiera darle las gracias.

Algunas cosas en este pueblo se perdonan despacio, con salchichas caídas al suelo por accidente, sin que nadie tenga que decir en voz alta que ya está perdonado.

— Linda 🐾


🐾 El sábado narra Máx: lo que descubre en las ramas más altas del Roble Milenario la primera vez que se acerca de noche.

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