Capítulo 4 — Hoy sí

Llevo tres tardes seguidas haciendo lo mismo, y hoy se acaba.

Todas las tardes bajo solo al parque central, ese con el roble grande en medio y la fuente de piedra que gotea aunque nadie la encienda. Y todas las tardes, más o menos a la misma hora —no sé decirte cuál, pero mi nariz sí lo sabe, porque el aire cambia un poco antes de que ella aparezca—, llega Bella por el sendero de siempre, con ese paso que no parece pisar el suelo del todo.

Y todas las tardes yo hago exactamente lo mismo: me escondo detrás de la fuente.

No sé por qué lo hago. Las orejas se me ponen solas hacia adelante, la cola empieza a moverse antes de que decida moverla, y las patas, en lugar de llevarme hacia ella como hacen con cualquier otro perro nuevo del pueblo, me llevan hacia atrás, detrás de la piedra, donde me quedo mirando entre el musgo como un tonto.

El parque central con el roble grande y la fuente de piedra, luz de tarde

Linda dice que eso es normal. Que a todos nos pasa alguna vez con alguien. Yo no lo entiendo del todo, pero confío en que ella sabe de lo que habla, porque Linda siempre sabe de lo que habla.

Hoy decidí que no. Hoy, en cuanto el aire cambiara, iba a caminar hasta ella sin escondites ni fuentes de por medio.

El aire cambió. Apreté las patas contra la hierba, respiré el olor a tierra mojada del parque, y empecé a caminar.

Duré cuatro pasos.

Al quinto, una mariposa cruzó justo delante de mi nariz y el resto de mi cuerpo decidió, sin consultarme, que eso era mucho más urgente que cualquier otra cosa del universo. Perseguí a la mariposa hasta el otro lado del roble, hasta que se me perdió entre las ramas, y cuando volví a mirar hacia el sendero, Bella ya estaba a mitad de camino, mirándome con la cabeza ligeramente inclinada, como quien ve a alguien hacer algo que no termina de entender.

Bella la Golden Retriever caminando por el sendero del parque al atardecer

Ahí no había vuelta atrás. Así que hice lo único que sabía hacer cuando ya no hay tiempo para planear nada: corrí directo hacia ella, con las orejas hacia atrás y toda la torpeza que llevo acumulada en once meses de vida.

No me tropecé. Eso ya es una victoria que quiero que quede escrita en algún sitio.

Llegué hasta ella oliendo primero, como se hace siempre, y ella bajó la cabeza y olió también, sin prisa, como si llevara tres tardes esperando que alguien se decidiera de una vez. Dimos una vuelta el uno alrededor del otro, despacio, y después, sin que nadie lo propusiera en voz alta, salimos corriendo los dos hacia el roble, y luego hacia la fuente, y luego otra vez hacia el roble.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. En mis cálculos, mucho menos de una siesta y mucho más que cualquier otra cosa que me haya pasado esta semana.

Max jugando con Bella junto al roble del parque al atardecer

Cuando por fin decidí que tocaba volver a casa, antes de que se me hiciera de noche del todo, tuve que hacer un esfuerzo enorme por no quedarme un rato más, cosa que no suelo hacer. Bella se quedó mirándome mientras me alejaba, y yo caminé de espaldas los primeros metros, sin querer perderme ese momento ni un segundo antes de lo necesario, hasta que me tropecé de verdad, esta vez sí, con la manguera del jardín de los vecinos.

Mereció la pena.

— Max 🐾


🐾 El jueves narra Linda: la feria de verano en la plaza del pueblo, y por qué a Rocco no lo dejan acercarse al puesto de las salchichas.

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