Capítulo 2 — La que manda en el roble

Voy a contarte una cosa importantísima. Tan importante que se me ha olvidado dos veces mientras perseguía una mariposa de camino a escribir esto. Pero ya está, ya me acuerdo. Es sobre el roble.

Antes de nada, algo que tienes que saber de mí: tengo once meses, lo cual, según mis cálculos —que hago contando siestas, no sé hacerlo de otra forma—, es más o menos toda la vida que he tenido hasta ahora. Y en esos once meses el mundo no ha dejado de sorprenderme ni un solo día. Las mangueras son mágicas. Las bolsas de papel son una fiesta. Y hasta ayer, pensaba que ya lo había visto todo. Hasta ayer.

Resulta que en el borde de nuestro jardín, donde el césped de Mike se rinde y empieza el bosque de verdad —con raíces gordas que salen de la tierra como si el árbol respirara—, vive alguien de quien nadie me había hablado bien claro. Linda decía cosas sueltas, "la del roble", "esa no se mete con nadie si tú no te metes con ella", pero Linda dice muchas cosas así, con calma, como si el mundo no tuviera ninguna urgencia. Yo no soy así. Yo necesito saber las cosas YA.

El roble viejo en el borde del jardín, Seabreeze Bay

Así que fui a olerlo. Es lo primero que hago siempre, oler, mucho antes que mirar. La nariz llega antes que los ojos a todas partes, eso lo sabe cualquier perro que se precie. Y el tronco de ese roble olía a mil años de historias que yo no conocía: a tierra, a musgo, a algo dulce y viejo que ahora sé que eran bellotas escondidas, cientos, quizá miles, un tesoro entero debajo de mis patas y yo sin enterarme.

Estaba con el hocico pegado a una raíz, absolutamente feliz, cuando el mundo entero se convirtió en dos cosas al mismo tiempo: un crujido de hojas arriba, y algo pequeño, marrón y furioso que bajó por el tronco como si el tronco fuera un tobogán.

Yo pensé: ¡amiga nueva! Esa es mi primera idea siempre, ante cualquier cosa que se mueve. Pájaro: amigo nuevo. Aspiradora: amiga nueva, aunque un poco ruidosa. Así que hice lo que hago siempre que quiero decir "hola, qué alegría, juguemos" — salté hacia adelante con todo el cuerpo, que es más torpe de lo que a mí me gustaría, y hasta tropecé con mis propias patas delanteras, que a veces no se ponen de acuerdo con las de atrás.

Ella no pensó lo mismo que yo.

Nuez la ardilla en la rama, con los mofletes hinchados de bellotas

Se quedó quieta en una rama baja, con los mofletes tan hinchados que parecía que escondía ahí una comida entera —y creo que la escondía, la verdad—, y me miró con una cara que en el idioma perro significa clarísimamente "ni se te ocurra". Yo no supe leerla a tiempo. Y entonces me llegó la bellota. Directa, entre las orejas, con una puntería que todavía no me explico.

Ahí pasaron varias cosas en mi cabeza a la vez, porque así funciona mi cabeza, todo a la vez: "au", después "espera, ¿eso lo ha hecho ella?", después "qué bien apunta", y casi inmediatamente después, con la cola ya moviéndose sola porque mi cola tiene sus propias opiniones y no siempre me consulta: "quiero ser su amigo todavía más que antes".

Ladré, sí. Pero no de rabia. Ladré como ladro cuando algo me parece tan increíble que no me cabe dentro del cuerpo en silencio.

Linda llegó trotando, sin ninguna prisa, se sentó a mi lado con esa elegancia que yo llevo once meses intentando copiar sin éxito, y me explicó, muy paciente, que esa era la ardilla del roble. Que ese árbol es suyo, todas las ramas, todas las bellotas, y que probablemente no lo sepa ni ella misma pero cada bellota que olvida en algún rincón del jardín se convierte, en primavera, en un roble pequeño y nuevo. Que sin querer, siendo tan cascarrabias, planta bosques.

Eso me pareció lo más bonito que he escuchado en toda mi vida de once meses. Una que grita "fuera" y en realidad está regalando árboles.

Cuando ya nos íbamos, con la cabeza todavía un poco resentida pero el corazón entero, me giré a mirarla una última vez. Seguía ahí, con mi bellota —porque ya la siento un poco mía— entre las patas, girándola despacio. Y por un segundo, solo un segundo, dejó de parecer enfadada.

Linda y Max alejándose del roble al atardecer

Linda dice que en el pueblo la llaman Nuez, aunque nadie sabe ya quién empezó a llamarla así. A mí el nombre me encanta. Pienso presentarme oficialmente mañana. Con más cuidado y menos tropiezos, lo prometo. Bueno, prometo intentarlo.

— Max 🐾


🐾 El sábado narra Linda: el muelle, la marea baja, y algo que Peanut encontró entre las rocas que — según ella — "no deberíamos haber tocado".

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