
Si has llegado hasta aquí, probablemente sea porque alguien —un humano, imagino, porque los perros no sabemos leer bien esto de las pantallas— te ha hablado de nosotros. De Máx. De mí. De este pueblo pequeño donde huele a sal, a césped recién cortado y, los martes y los viernes, a las galletas que Mike siempre lleva en el bolsillo derecho de su chaqueta.
Me llamo Linda. Soy un Yorkshire Terrier de siete años, lo cual, traducido a términos humanos, me convierte en la que manda en esta casa. Máx no estaría de acuerdo con eso —es un Golden Retriever de once meses con la energía de quien acaba de descubrir que el mundo existe—, pero los dos sabemos quién decide cuándo es hora de la siesta y cuándo no.
Seabreeze Bay no está en ningún mapa que un humano pueda comprar en una tienda. Es más pequeño que eso: una calle principal, un muelle de madera que cruje cuando sube la marea, un roble viejísimo en la plaza donde vive una ardilla que se cree la dueña del pueblo —de eso ya hablaremos—, y las casas justas para que todo el mundo se conozca por el nombre. Y por el olor, que para nosotros es casi más importante.
Aquí cada día empieza igual: el timbre de la valla suena dos veces. Ni una, ni tres. Dos. Es Mike, y no hace falta verlo para saberlo — reconocería ese sonido entre mil. Máx sale disparado antes de que yo haya terminado de levantar la cabeza de mi manta, y siempre, siempre, llega tarde igualmente, porque se detiene a medio camino a saludar por la ventana a Shadow, el gato del vecino, que nunca le devuelve el saludo pero tampoco se va. Esa es la relación más rara del pueblo, y eso que aquí hay unas cuantas relaciones raras.

Como la de Peanut, por ejemplo. Un chihuahua del tamaño de mi pata delantera, con el doble de valentía que cualquier perro que conozca, que lleva meses trayéndome piedrecitas brillantes de la playa como si fueran diamantes. No se lo he dicho todavía, pero empiezo a guardarlas.
O como la de Máx con Bella, una Golden de tres años que pasea por el parque central cada tarde con la elegancia de quien no tiene ni idea del efecto que causa. Máx se transforma en cuanto la ve: dos patas más torpes, una lengua que ya no sabe dónde meterse. Ella lo trata con el cariño tranquilo de quien ve a un cachorro simpático, nada más. Él todavía no se ha enterado de eso. O no quiere enterarse.

Y luego está Rocco. El "gamberro" del vecindario, dicen algunos. El que roba pelotas, tira cubos de basura y ladra donde no debe. Lo que nadie más ha entendido —salvo Máx— es que Rocco no busca pelea. Busca que alguien le pare atención el tiempo suficiente para jugar. Máx fue el único que se quedó quieto la primera vez que se cruzaron, en vez de salir corriendo. Desde entonces son inseparables, aunque el resto del pueblo siga sin fiarse de él.
Podría seguir. Podría contarte de la ardilla del roble, que lleva la cuenta de cada bellota como si fuera oro, o de las tardes de domingo en el muelle, o de la primera vez que Máx probó a nadar y se llevó un susto que todavía recuerda. Pero eso es para otro día. Esto es solo la bienvenida.
Lo que quiero que sepas, antes de que sigas leyendo lo que sea que hayas venido a buscar en esta tienda, es esto: cada cosa que ves aquí ha pasado antes por Seabreeze Bay. Por nuestras patas, nuestras narices, nuestros días normales y corrientes en un pueblo que probablemente no exista en ningún sitio más que aquí, contigo, ahora mismo.
Bienvenido al pueblo.
En el próximo capítulo te cuento lo de la ardilla. Créeme, hay historia.
— Linda 🐾